Estaremos de acuerdo en que un taller de co-creación va de generar ideas.
¿Si? Pues no; eso es lo que se ve desde fuera. Desde dentro, lo que ocurre es otra cosa.
Se ponen en contacto perspectivas que normalmente no coinciden.
Se hacen visibles tensiones que estaban latentes.
Se verbalizan cosas que hasta ese momento no tenían espacio.
Y eso tiene más valor que cualquier dinámica.
Porque lo difícil en las organizaciones no es pensar.
Es alinearse.
En el proyecto con el Gobierno de Colombia, la co-creación no se podía hacer con los perfiles «fáciles».
La plataforma se dirigía a una ciudadanía diversa, incluyendo personas con acceso limitado a tecnología o sin experiencia previa en servicios digitales. Eso implicaba trabajar en territorio, en contextos donde la participación no era inmediata ni estructurada.
Ahí es donde se hace evidente el problema: si co-creas solo con quien ya sabe participar, validas un sistema que deja fuera a quienes más condicionan su funcionamiento real.
Un taller bien planteado permite que lo inesperado ocurra.
No porque tenga muchas actividades, sino porque está diseñado con intención.
- Qué se pregunta.
- En qué momento.
- A quién.
Hay una diferencia importante entre dinamizar un grupo y diseñar un taller.
Dinamizar es mantener energía, pero diseñar es construir una situación donde algo relevante pueda pasar.
Y eso implica aceptar que no todo es controlable.
De hecho, si todo sale exactamente como estaba previsto, probablemente no ha pasado nada interesante.
Los momentos clave suelen ser otros:
- cuando alguien cuestiona algo que se daba por hecho
- cuando aparece una contradicción
- cuando dos visiones chocan
Ahí es donde el taller deja de ser una actividad
y se convierte en una herramienta de diseño.
Porque lo que produce no son solo ideas: Produce claridad.
Y en muchos proyectos, eso es lo que realmente falta.