Co-creación: cuando compartir el proceso cambia el resultado

La co-creación suele asociarse a metodologías participativas, pero en realidad tiene más que ver con una forma de posicionarse frente al proyecto.

Implica asumir que el conocimiento no está en un solo lugar. Que diferentes actores —usuarios, equipos, stakeholders— tienen piezas relevantes para construir una solución más completa.

Esto, que en teoría es evidente, en la práctica no siempre es fácil de sostener. Porque co-crear implica abrir el proceso, y eso introduce incertidumbre. El resultado no está completamente definido desde el inicio.

Sin embargo, esa apertura también tiene una ventaja clara: permite incorporar matices que de otra forma no aparecerían. Perspectivas que no estaban previstas, problemas que no se habían formulado, oportunidades que no se habían considerado.

El reto está en cómo se gestiona ese proceso.


Por ejemplo, para el Gobierno de Colombia, facilitamos en Bogotá una serie de talleres con equipos institucionales y ciudadanos de distintas regiones simultáneamente. El reto no era generar ideas: era alinear una estrategia de comunicación entre personas que operaban con lógicas institucionales muy diferentes.

No todo vale, ni todo aporta de la misma manera. La co-creación no consiste en sumar opiniones sin filtro, sino en diseñar un marco donde esas aportaciones puedan integrarse con sentido.

Ahí es donde entra el diseño del propio proceso. Qué se pregunta, en qué momento, con qué objetivo. Cómo se recogen las aportaciones y cómo se traducen en decisiones.

Cuando esto se hace bien, el resultado no solo es más rico, sino también más fácil de implementar. Porque las personas implicadas entienden el proceso y reconocen su papel en él.

Y eso, en muchos casos, reduce la resistencia al cambio.