El diseño de interacción suele percibirse como algo técnico o incluso secundario, pero en realidad es uno de los puntos más críticos del diseño.
Es el momento en el que el sistema responde.
Donde una acción tiene una consecuencia.
Ahí no hay margen para la ambigüedad.
Una interacción mal resuelta genera duda.
Una bien resuelta pasa desapercibida.
Y eso es precisamente lo interesante: cuando funciona, casi no se nota.
Sin embargo, detrás de cada interacción hay decisiones. Sobre tiempos de respuesta, sobre feedback, sobre jerarquía de acciones. Decisiones que afectan directamente a cómo se percibe el producto o servicio.
Además, la interacción no ocurre aislada. Forma parte de un flujo más amplio, de un contexto de uso concreto. Lo que tiene sentido en un momento puede no tenerlo en otro.
Por eso, diseñar interacción no es solo definir comportamientos, sino entender cuándo y por qué ocurren.
Y ajustar en consecuencia.